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martes, 21 de julio de 2009

Al final: un esguince.

Debí contar la anécdota el otro día, cuando sucedió. Pero como estaba blogísticamente inactivo, pues se quedó en el tintero.

Ocurrió hace dos domingos, en Misa de 8 en la parroquia de los Redentoristas, de Sevilla (Barrio de Nervión). Es una iglesia bastante grande, con tres filas de asientos. Nosotros estábamos en los bancos de la derecha. Era primer domingo de mes, con lo cual, la colecta era para Cáritas. Las colectas en esa parroquia se hacen con el clásico "cepillo", la bandejita-cestita de mimbre. Pero las colectas de Cáritas se vienen haciendo en bolsas de tela.

Una señora de avanzada edad pasaba la bolsa por los bancos de la izquierda. De adelante hacia atrás, y luego de atrás hacia delante. Pero esto segundo no fue posible. Al llegar al fondo de la iglesia, tras recorrer toda la fila de adelante hacia atrás, un individuo de unos 50 años le birló, por el método del tirón, la bolsa de la colecta y puso pies en polvorosa. Yo sólo oí el grito de la asustada señora, no vi nada. Pero es de estas veces que el instinto te empuja. No lo dudé, salí de mi banco, y caminé hasta la puerta. Una vez fuera de la iglesia, comencé mi sprint. Lo vi como a 35 metros de distancia. Era consciente de que si la carrera se prolongaba, no lo iba a coger ni en broma. Mi estado de forma es inexistente. No obstante, el que tuvo retuvo (quiero creer) y en apenas 70 metros le di alcance. A decir verdad, él iba bastante lento y confiado.

Se sorprendió. Pensó que nadie iría tras él. Mi mano derecha atrapó su brazo izquierdo, justo cuando se metía la bolsa por dentro de la camisa. El ladrón vio frustrado su plan, y se apresuró a devolverme la bolsa. A la par que se excusaba por el robo, alegando necesidad. "La misma de los que van a recibir ese dinero", le repliqué. Con su brazo izquierdo, el que tenía asido con mi mano, me devolvió la bolsa, que recogí con mi mano izquierda (claro, la derecha seguía ocupada agarrando el brazo del señor).

Fue en ese momento cuando sucedió. Introdujo su mano derecha en la bolsa justo cuando me la terminaba de devolver, extrajo algunos billetes (qué sé yo, tal vez 20 ó 30 euros) y trató de zafarse de mi sujetadora mano. En ese momento yo ya la había aflojado, y debió doblarme el dedo anular (donde llevo la alianza). Lo dejé marchar, no sé si por falta de fuerzas, o por lástima que de verdad sentía por él. Igual con ese dinero cenaba. No sé. Hay quien me dijo que hay "profesionales" de los robos en las iglesias.

Volví con la bolsa casi íntegra, para alegría de la pobre señora. Y al percatarme de la incipiente hinchazón del dedo, retiré la alianza (que desde entonces llevo en la cadena, ya que en otro dedo se me cae). Desde ese día, unos días inmovilizado, y un diagnóstico final de esguince de curación pesada y larga.

El traumatólogo me despidió diciendo que el Señor me lo pagará. Es lo de menos, la verdad.

Lo realmente importante de esta anécdota no es la recuperación de la bolsa, ni el dolor del dedo. Lo verdaderamente importante es la situación a la que hemos llegado en la que se roba a los pobres. Es como la ley de la selva. ¿Qué está pasando? ¿Desesperación? ¿Ausencia de valores?

No sé, se me olvidó preguntarle al individuo.

4 comentarios:

Paco Rodríguez dijo...

Pues ya tenemos un heroe... . Mira lo bueno, si estás trabajando una bajita por un dedo roto no es tan malo, devolvistes el petitorio y el "malandrín" algo también se llevó.

mas o menos salió todo de "durse".

saludos compañero

Gonover dijo...

Una bajita? No estás tú loco Paco.... Currando el primero tío, que no está la cosa pa quedarse en casa.

Un abrazo!

Viajero del Tiempo dijo...

Curiosa anécdota. No te veo yo corriendo detrás de un "robacepillos" en auténtico sprint. No por ná, sino únicamente por aquello de, en fin, ¿cuánto tiempo llevas sin hacer deporte?

Saludos y abrazos de los ¿tres? (o quizá más).

Gonover dijo...

HOmbre Reloj.....te acabas de ganar una llamada para hablar de números....

Por cierto, el sprint fue objeto de felicitaciones, o sea, que sí que corro...jejejeje. Lo que no sabían es que si no contestaba no era por modestia, sino porque me faltaba el aire...