No es que Dinamarca sea uno de los países que me apetezca especialmente conocer, aunque sé que tiene cosas interesantes para visitar. No sé, cuestión de preferencias.
Pero me llama la atención que se trata del segundo país más pacífico del mundo, según la clasificación de 2.008 de Global Peace Index, así como el país menos corrupto según Corruptions Perceptions Index (la verdad es que hay organizaciones para todo). Incluso lo catalogaron como el país más feliz del mundo y con la población más satisfecha del planeta, entre 2.006 y 2.008. Le dan ganas a uno de irse allí, pero no de turismo, sino a vivir.
Pero lo que más me sorprende de Dinamarca es su mercado laboral. Ahora que los adláteres del gobierno, digo, sindicatos españoles, han decidido salir a la calle a favor del gobierno y contra las empresas, y ahora que aquí se muestras inflexibles a cualquier modificación estructural del mercado laboral, me encanta comprobar cómo hay vida más allá de la cultura del inmovilismo sindical español.
Si en Dinamarca viven tan felices, hay tan poca corrupción, y les va la vida tan bien, será que las cosas que hacen no serán precisamente malas. Y centrándonos en el mercado laboral, de entrada vemos cómo en Dinamarca la tasa de desempleo es del 4,8%. O sea, que no les va mal la cosa. ¿Y qué tienen de peculiar allí? Su secreto consiste, a grandes rasgos, en un despido libre, un seguro de desempleo que puede alcanzar los cuatro años, una intensiva política de formación tanto de los parados como de los ocupados y un fructífero diálogo social. El resultado final es un mercado laboral dinámico, donde cada año cambia de puesto de trabajo uno de cada cuatro ciudadanos. Claro que allí no hay ningún Cándido Mendezssen de turno que se dedique a torpedear cualquier síntoma de flexibilización.
Está claro que no podemos extrapolar el sistema literalmente a España, donde tenemos características diferentes a Dinamarca, pero desde luego, creo que sí nos debe guiar hacia un camino distinto al actual, que ha demostrado con creces que no sirve para agilizar la contratación, ni que genere empleo.
Por cierto, ni soy danés ni soy empresario o autónomo. Pero tampoco me llamo Cándido.
Pero me llama la atención que se trata del segundo país más pacífico del mundo, según la clasificación de 2.008 de Global Peace Index, así como el país menos corrupto según Corruptions Perceptions Index (la verdad es que hay organizaciones para todo). Incluso lo catalogaron como el país más feliz del mundo y con la población más satisfecha del planeta, entre 2.006 y 2.008. Le dan ganas a uno de irse allí, pero no de turismo, sino a vivir.
Pero lo que más me sorprende de Dinamarca es su mercado laboral. Ahora que los adláteres del gobierno, digo, sindicatos españoles, han decidido salir a la calle a favor del gobierno y contra las empresas, y ahora que aquí se muestras inflexibles a cualquier modificación estructural del mercado laboral, me encanta comprobar cómo hay vida más allá de la cultura del inmovilismo sindical español.
Si en Dinamarca viven tan felices, hay tan poca corrupción, y les va la vida tan bien, será que las cosas que hacen no serán precisamente malas. Y centrándonos en el mercado laboral, de entrada vemos cómo en Dinamarca la tasa de desempleo es del 4,8%. O sea, que no les va mal la cosa. ¿Y qué tienen de peculiar allí? Su secreto consiste, a grandes rasgos, en un despido libre, un seguro de desempleo que puede alcanzar los cuatro años, una intensiva política de formación tanto de los parados como de los ocupados y un fructífero diálogo social. El resultado final es un mercado laboral dinámico, donde cada año cambia de puesto de trabajo uno de cada cuatro ciudadanos. Claro que allí no hay ningún Cándido Mendezssen de turno que se dedique a torpedear cualquier síntoma de flexibilización.
Está claro que no podemos extrapolar el sistema literalmente a España, donde tenemos características diferentes a Dinamarca, pero desde luego, creo que sí nos debe guiar hacia un camino distinto al actual, que ha demostrado con creces que no sirve para agilizar la contratación, ni que genere empleo.
Por cierto, ni soy danés ni soy empresario o autónomo. Pero tampoco me llamo Cándido.