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sábado, 20 de septiembre de 2008

El Infierno.

Recientemente hablaba con un amigo sobre si la Iglesia establece si existe o no el Infierno. No ya como lugar físico o como estado, sino sencillamente si existe o ha sido siempre un cuento.

Como es lógico, cada cual puede creer lo que quiera, lo que también es lógico es que si uno se siente dentro de la Iglesia, debe sentirse así aceptando sus enseñanzas, y no escogiendo aquéllo que más le gusta o conviene en cada momento.

De existir el demonio y el infierno, desde luego su mayor triunfo es que no se crea en ellos. Es como el espía, para ser más eficaz, debe actuar en un lugar donde nadie sepa que trabaja como tal, donde su actividad no sea vigilada. En el momento en que se sepa de sus actividades, crece la vigilancia y aumenta la dificultad del espía por lograr sus objetivos.

¿Qué dice la Iglesia sobre el infierno?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

Así lo manifiesta el Catecismo de la Iglesia Católica. Sencillo. Sin rodeos ni historias extrañas.

Está claro que no es un lugar físico al que llegar con la ayuda de un GPS, cuestión lógica si atendemos que tras la muerte las dimensiones físico temporales no son como las concebimos en vida.

Entonces, ¿cómo es que Dios, infinitamente bueno, permite el infierno?

Esta pregunta es más sencilla aún de contestar. Dios, en un infinito amor a nosotros, quiere que seamos nosotros, libre y conscientemente, quienes decidamos entre amar a Dios o no amarle. Que decidamos si seguir el camino que nos lleva a Él o decidir otro que nos atraiga más. Así, Dios nos deja la puerta del Cielo abierta, pero no nos obliga a entrar si no queremos. No darnos opción de elegir (es decir, lo único que hay al final es el Cielo para todos) sería muestra de que no nos ama infinitamente. Sería muestra de un limitado amor impropio de Dios.

No es Dios quien nos envía al infierno, sino nosotros quienes, en completa libertad, decidimos con nuestras obras en vida si vamos a ir a un sitio o a otro.

Así se responde esta pregunta. Dios no quiere que vayamos, pero su amor es infinito, y como tal, debe ser, ese amor, consciente de que debe ser correspondido en libertad de elección.

Y es en esa libertad que nos concede, fruto de su amor, donde se encuadra las metas: uno elige un camino u otro. Y no hay más.

Los que van al infierno, ¿no salen nunca?

Algunas posturas tibias y huidizas el magisterio de la Iglesia logran admitir la existencia del Infierno, pero lo diseñan como algo temporal. Absurdo y erróneo. La explicación es sencilla, a la vez que extremadamente difícil de asumir si pensamos con perspectiva terrenal.

Tras la muerte, digamos, no nos servirán los relojes ni los calendarios. La dimensión temporal desaparece, no hay tiempo. La eternidad no es un día tras otro y tras otro y tras otro. No. La eternidad es la ausencia de tiempo, la eternidad es ayer, hoy y mañana todo a la vez.

Así, si no hay tiempo... ¿cómo va a ser el infierno temporal?

Cosa distinta es el purgatorio, del que podremos hablar otro día.

Entonces, ¿el infierno quema?

Siempre nos lo hemos figurado como un fuego que nunca se acaba. En la necesidad humana de imaginarnos todo, así lo hemos concebido siempre. No es que esté desencaminada esta postura, pero sí es cierto que el fuego no sería tal y como lo entendemos, sino más bien como estado o consecuencia de la situación a la que habríamos llegado.

El infierno comprende dos tipos de penas: la pena de daño y la pena de sentido.

La pena de daño, que constituye propiamente la esencia del castigo del infierno, consiste en verse privado de la visión beatífica de Dios. Es decir, saber que jamás veremos a Dios, una vez que ya habremos comprendido todo.

La pena de sentido consiste en los tormentos causados externamente por medios sensibles (es llamada también pena positiva del infierno). Sería la externalización de la desesperación y del dolor. No física, claro está, sino del alma.

Pero, ¿habla Cristo del infierno o lo hemos inventado después?

Pues lo cierto es que sí, los Evangelios recogen multitudes de referencias directas de Cristo al infierno.

Mateo 5:22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

Mateo 5:29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.

Mateo 10:28 «Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna.

Mateo 23:33 «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la gehenna?

Santiago 3:6 Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.

Entonces, si el infierno existe, ¿es nuestra fe una fe basada en el miedo?

Rotudamente NO. El miedo es humano, y como tal es inherente a nuestra naturaleza. Tendremos miedo o no a una cosa, pero no debe condicionar nuestra actitud hacia la vida. Uno, por ejemplo, le puede gustar mucho viajar, a pesar de darle algo de miedo volar. Ese miedo a volar no es el que condiciona la actividad a realizar, se sostiene, se lleva mejor o peor, pero desde luego no es el motor que mueve la actitud hacia los viajes.

Del mismo modo, el miedo al infierno es natural, puesto que conocemos nuestra debilidad y sabemos que el riesgo de acabar en el infierno es real. Pero por encima de todo tenemos el amor de Dios, la esperanza de su perdón y millones de posibilidades de decirle sí a Dios.

Y, en conclusión, es el amor a Dios el que nos debe guiar, es la esperanza, la fe, las que nos deben mover, jamás el miedo. Y si hay miedo, debemos usarlo en provecho propio: es saludable que en momentos en que perdamos momentaneamente la perspectiva del amor a Dios, usar ese miedo para evitar ofenderle. El refranero es rico: no hay mal que por bien no venga.

6 comentarios:

Jesús dijo...

Un tema interesante y del que se habla poco.
Quizás porque no resulta atractivo, o porque hablar del mal, de los pecados y no digamos de los castigos, no está de moda, en el ambiente relativismo moral en que se vive.
Una especie de edonismo que califica de aceptable casi cualquier cosa que proporcione satisfacción personal, salvo que repugne gravemente a la sociedad, que creo yo, cada vez tiene una conciencia mas amplia, una manga mas ancha.
En ese terreno, como comentas, el mal tiene fácil trabajar de incógnito.

Se que es un comentario un poco sombrío, pero bueno, un poco de pesimismo antropólico para compensar la doctrina del presidente Rodríguez ¿no?

ANAROSKI dijo...

Estimado Gonzalo:

Muy buen post, me ha encantado, y además no veas como aclara ideas y las refresca según quien lea.

http://porlafamiliaporlavida.wordpress.com/2008/09/23/las-flores-de-papa/, si vas tienes un pequeño presente, por cierto esta mañana via a María.

Paco Rodríguez dijo...

Si ya es complicado invitar a vivir la fé católica, o cristiana en general. Mas dificil es complicar la fe, para vivir esperando si vas a ir al infierno o al cielo.

Yo creo que el infierno es la vida, y cuando atravesemos el tunel de la luz, la paz reinará y todo será calma y sosiego

Te iba a saludar una vez, pensé luego que dos mejor que una, pero que a su vez no hay dos sin tres, y como yo siempre he pensado que un cuarteto son cuatro....

Salud, salud, salud y salud

Miguel Fabra Pérez dijo...

La verdad es que hace falta recordar estas cosas, aunque haya gente que no quiera creerlo, ya se sabe que quien no hay mayor ciego que el que no quiere ver. te pongo un link

Gonover dijo...

Paco, tu postura no es irracional, lo que sucede es que entonces el mismo Jesucristo cae en contradicciones en el Evangelio.

Si pensamos que una vez muertos todos vamos al Cielo, entonces ¿de qué sirve actual correctamente aquí? ¿Quiere esto decir que hagamos lo que hagamos tenemos ganado el Cielo?

No es complicar la fe, creo que la fe es como es, voluntaria. Libre.

Y, bueno, correspondo a tus saludos:

Hola, hola, hola y hola.

Un abrazo (una pena el 3-4 del otro día)

Paco Rodríguez dijo...

En esta vida terrenal quien siembra vintos recoge tempestades, nada psará desapercivido según nuestra actitud, según seamos segun nos tratará la propia vida. He aqui a donde está el verdadero infierno, en la soledad, en la amargura, en el desprecio, el mal se vuelve contra uno mismo.

Cuando llegue la hora, Dios dirá.

Un abrazo